Ciudad de Florencia

Ciudad de Florencia.
Ciudad de Florencia

Los amantes del arte tienen una cita obligada en Florencia, una de las mejores opciones para visitar esta metrópoli, es pasar el día entre el Palazzo Pitti y la Plaza de la Signoria. El delicado sabor de un helado florentino puede ser el gran colofón del tour.

Todos los días miles de turistas inundan Florencia, muchos en tours frenéticos que muestran, en horas, una de las ciudades con mayor caudal artístico del mundo. El objetivo de estos viajes es empequeñecerse bajo la gran cúpula del Duomo, subir al Campanario de Giotto, maravillarse ante los sutiles bronces del Baptisterio, admirar la maestría de Miguel Ángel en las Capillas Mediceas o pasmarse con la sobriedad de Santa Croce, e incluso hay quien sube al monte San Miniato para ver uno de los templos más antiguos de la ciudad, a la vez que disfruta de una bella panorámica de Florencia.

De esta manera, un placentero viaje rodeado de arte mayúsculo puede convertirse en un estresante día que se recordará con el aturdimiento propio de quien ha visto muchas maravillas, pero no sabe ubicarlas ni en el lugar, ni en el orden correcto.

Palazzo Pitti. Florencia.
Palazzo Pitti

¿Cuántos días habría que ir al Museo de los Uffizi para contemplar sus galerías? Con obras geniales de Botticelli, Leonardo, Rafael, Tiziano, Rembrandt o Goya. ¿Cuántos palacios que hallamos paseando merecen una foto? Imposible calcular el tiempo necesario para conocer el patrimonio florentino.

Entre los palacios de Florencia

Por ello, si el reloj apremia es mejor tomárselo con calma. Ver algo menos pero gozarlo plenamente. Una buena opción es pasar el día entre el Palazzo Pitti y la Plaza de la Signoria.

David, de Miguel Ángel
David, de Miguel Ángel

Para empezar, el faraónico Palazzo Pitti, el mayor de los palacios florentinos, con su fachada que supera los 200 metros, por lo que no extraña que sus obras y reformas se alargaran del siglo XV al XVII.

Pero si el colosal edificio atrae con sus cientos de estancias internas y sus ocho museos, lo mismo ocurre con sus Jardines de Boboli. Las horas pasan lentas entre la exuberante vegetación ornamentada con elegantes fuentes, figuras de mármol, grutas esculpidas y hasta un anfiteatro que fue el escenario histórico para representaciones líricas.

Tras visitar el Palazzo Pitti es hora de almorzar. Lo ideal es ir por las calles frente a la explanada que eleva el palacio y así llegar a la plaza del Santo Spirito. Unos cien metros separada del bullicio turístico, la plaza con la descarnada fachada de su iglesia, es un buen lugar para tomar un refrigerio.

Allí se puede beber un vino Chianti, típico de La Toscana. Y para comer, una ensalada aliñada con aceite de oliva y vinagre balsámico, productos italianos por excelencia.

Iglesia del Santo Spirito. Florencia.
Iglesia del Santo Spirito

Tras esa comida ligera, hay que seguir el paseo por este coqueto barrio hasta la plaza de Santa Felicitá. Por su belleza y su sugerente nombre: santa felicidad, merece una fotografía para recordarla.

Orfebres milenarios

La plaza es la antesala del lugar más peculiar de Florencia: el Ponte Vecchio sobre las aguas del río Arno. Aunque no siempre fue así. En origen, era cualquier cosa menos turístico. Sobre él trabajaban pescaderos, carniceros y curtidores de pieles, o sea, el lugar desprendía un olor insoportable.

Ponte Vecchio. Florencia.
Ponte Vecchio

Por eso Fernando I de Médicis en 1593, harto del hedor que respiraba cada vez que se dirigía a su residencia en el Palazzo Pitti, echó a los comerciantes y obligó a instalarse allí a los orfebres de la ciudad.

Al tratarse de los artesanos con más poder adquisitivo, les impuso elevados alquileres, por lo que los nuevos ocupantes optaron por sacarle mayor partido a sus locales y ampliaron sus negocios con estancias voladas sobre el río, que ahora son la imagen típica del Ponte Vecchio.

Palazzo Vecchio. Florencia.
Palazzo Vecchio

Las joyerías perviven hoy, con alhajas de calidad y carísimas, pero no es oro todo lo que reluce, y alguna vez, al turista incauto le engañan con precios abusivos. Atención si se tienes el capricho de comprar en este lugar tan emblemático

Con fraudes incluidos, el Ponte Vecchio es único, siempre repleto de gente, por lo que a veces es difícil ver el busto de Cellini colocado en el centro del puente, realizado en honor del orfebre más portentoso que hubo en la ciudad, y del cual se puede admirar su trabajo en la cercana Plaza de la Signoria, adonde llega la hora de encaminarse.

Perseo de Cellini.
Perseo de Cellini

Poderío histórico

La Plaza de la Signoria siempre fue el punto de reunión de los florentinos y la sede del poder político, concretamente en el Palazzo Vecchio, de silueta inconfundible, con su airosa torre, sus almenas de piedra y su austera fachada, solo animada por los escudos de armas de las familias históricas más poderosas de la urbe.

No obstante, lo más atrayente de la Signoria es su espléndido muestrario escultórico al aire libre, todo un espectáculo al atardecer cuando el ocaso del sol provoca juegos de luces y sombras en los palacios y las superficies de las figuras.

Muestra escultórica en la Plaza de la Signoria.
Muestra escultórica en la Plaza de la Signoria

Ahí se ve una réplica del David de Miguel Ángel, quien talló esta obra maestra antes de cumplir los 30 años. Junto a él y ante el Palazzo Vecchio se elevan la Judith de Donatello, el Hércules de Bandinelli o la fastuosa Fuente de Neptuno.

Y en ángulo recto se abren las arcadas de la Loggia dei Lanzi cobijando diversas esculturas, entre ellas, dos joyas a caballo del Renacimiento y el barroco. Son el Perseo de Cellini y el Rapto de las Sabinas de Giambologna. El primero, en bronce, la figura del héroe que decapitó a la maléfica Medusa. Mientras que la segunda obra marmórea es una agitada composición que narra un relato mítico que evoca la fundación de la civilización romana.

Rapto de las Sabinas de Giambologna.
Rapto de las Sabinas de Giambologna

Ambas esculturas requieren una mirada tranquila, ya que desde cualquier punto de vista se aprecia la maestría de sus autores, capaces de dotarlas de vida, tanto que parece que van a moverse de un momento a otro. Sin duda, perder el tiempo observando sus detalles es un buen final para una plácida jornada disfrutando del arte florentino.

Pero después de alimentar el espíritu, hay que darle gusto al cuerpo. El colofón es acercarse a la esquina de la Plaza de la Signoria con Vía Calzaiuoli, entrar a la heladería, elegir entre la infinidad de sabores y tomarse un helado. Imposible llevarse mejor sabor de boca de la visita a Florencia.

Más información: https://www.disfrutaflorencia.com/

Salir de la versión móvil